Históricamente, la universidad ha estructurado su año en dos semestres principales, con un breve trimestre de verano para cursos intensivos. Las fechas de inicio y fin de clases se establecen con varios meses de antelación, mientras que los periodos de inscripción se abren en ciclos escalonados para estudiantes de pregrado y posgrado. Esta arquitectura permite a la institución ajustar recursos, pero también genera patrones que, observados a lo largo de varios años, revelan tendencias estacionales.
En los últimos cinco años, la universidad ha introducido fechas flexibles para la entrega de evaluaciones parciales, respondiendo a la creciente demanda de aprendizaje híbrido. Simultáneamente, los recesos de primavera se han adelantado ligeramente, creando una superposición con algunos exámenes finales. Estos ajustes, aunque pequeños, alteran la sincronía tradicional y hacen que los estudiantes deban considerar múltiples indicadores —como la apertura de inscripciones y los plazos de pago— para anticipar su carga académica.